‘Parkour’ de frontera


Son las tres de la tarde y el guardia de seguridad ha abandonado su puesto. Es la hora del cambio de turno. Todo está fríamente calculado. Nadie lo ve acercarse a la embarcación que lo llevará de Ceuta a Algeciras. Salta. Se aferra con todas sus fuerzas a la gruesa cuerda del ancla. Intenta trepar para acceder al interior del barco. Debajo, el rugido de las hélices. Durante la preparación del viaje fue testigo de la muerte de un joven que intentaba llevar a cabo su misma hazaña. Esa imagen se presenta amenazante en el momento en el que siente que resbala. Se aferra con todas sus fuerzas para no caer al vacío. Llora desconsolado ante la proximidad de la muerte. Tras un enorme esfuerzo, logra trepar y subir a bordo. Se escabulle hacia el cuarto de calderas y se esconde dentro de una caja, ocultándose bajo unas cuerdas. Escucha el trajín de la tripulación. Cocineros y guardias de seguridad conversan animados. Se queda dormido largo rato. Después de recuperar algo de fuerza, sale de la caja. El barco ya se encuentra amarrado en la Península. Su cuerpo está entumecido. No tiene tiempo que perder. Desciende por la misma cuerda por la que ha subido. En ese momento, un guardia de seguridad lo descubre y llama a la policía. Es medianoche. Lo persiguen, pero logra escapar.

El proyecto

Mohamed Ennaji tenía 21 años cuando tomó la decisión irrevocable de viajar a Europa. Un mes antes de su partida, Naji, como le llaman sus amigos, se desplazó a Ceuta para averiguar la forma de cruzar el Estrecho de Gibraltar. Durante aquellos días durmió en una gasolinera. Convivió con un grupo de africanos que estaban en su misma situación. A veces pedían comida y otras trabajaban en un garaje de coches. En cuanto definió la estrategia para llegar a España, volvió a Tetuán a despedirse de su madre. Era la fiesta del cordero y pasaron el día juntos. Ella creyó que la historia del viaje era una broma.

Parkour

La edad de la inocencia

Con solo 10 años, Naji comienza a trabajar en el puerto de Rincón del Medik, localidad situada entre Ceuta y Tetuán. Como buenamente puede, se busca la vida en un ambiente hostil. Algunas veces consigue algo de dinero comprando pescado en el puerto y vendiéndolo a particulares. Otras, carga y descarga cajas a cambio de una paga irrisoria. En la lucha por la supervivencia acaba rodeado de personas que consumen drogas y viven en la marginalidad. Naji aplaca su rabia mediante el entrenamiento físico. A los 13 años, viendo una película de Christian Bale, descubre el parkour. Es un deporte que se practica en las calles y que consiste en desplazarse de un sitio a otro superando los obstáculos urbanos valiéndose de acrobacias. La práctica de un deporte marginal le genera un nuevo estigma. Sin embargo, Naji ha encontrado una forma de sosegar su frustración y escapar del hundimiento al que parecía predestinado. A partir de aquel momento, su vida y el parkour quedarán estrechamente enlazados.

Parkour
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La edad de la inocencia suele estar vinculada a la niñez, una época en la que todavía no somos conscientes de la imperfección del mundo. Naji tuvo muchos hermanos pero solo recuerda a su hermana. A los otros se los llevó su padre al poco de nacer. Naji supo aquello mucho tiempo después. A los 11 años lo conoció: su padre era un hombre poderoso y con dinero, y tenía otra familia, otra mujer y cuatro hijos. Cuando por fin se encontraron, aquel hombre siguió sin querer saber nada de él.

Naji desembarcó en Algeciras el 12 de agosto de 2017. Tras esquivar a la policía, presentaba un aspecto sucio y una expresión asustada, sin embargo, permaneció cerca de la salida de pasajeros en el puerto. Pidió a una mujer procedente de Marruecos que le permitiera usar su teléfono. Los amigos que lo habían alentado a cruzar rechazaron su llamada. Aquella noche durmió en la calle.

La llegada a Madrid

A la mañana siguiente desayunó con aquella mujer y tuvieron la oportunidad de hablar largo rato. Ella le dio cobijo y lo invitó a Madrid. Durante dos meses vivieron juntos. Naji trabajó en el campo, en la recogida de ajos. Aquello le pareció un golpe de suerte, pero al poco tiempo se sintió atrapado en una vida que no quería para él. Entonces decidió marchar.

De Madrid se fue a Cózar, en Ciudad Real. Un primo lo pasó a recoger y le dio alojamiento. Pese a la dificultad idiomática, consiguió trabajo en la aceituna. Con el dinero ahorrado se fue a Huelva. Había leído, en las redes sociales, que allí abundaba el trabajo en los campos de frutos rojos. Consideró que en aquella ciudad encontraría gente con la que hablar en árabe y las cosas le resultarían más fáciles. Pero la cosecha no había comenzado y el poco dinero que tenía se agotó. Entonces se fue a vivir a la montaña, donde construyó una chabola con palos y material reciclado. En la ciudad tenía miedo de la policía y en la montaña miedo a la soledad, a las ratas, a la noche y a sus propios pensamientos. Esos miedos lo empujaron al alcohol. Pasaron cuatro meses cuando, en una de sus excursiones a la ciudad, conoció una chica que se interesó por él. Ella le consigue una caravana en la que se instala hasta el inicio de la temporada de recolección de fresas. En Huelva escuchó que en Portugal había oportunidades de trabajo y la posibilidad de una regularización.

Nuevamente emprende el viaje. No piensa en volver. Ni en los momentos más difíciles piensa en volver atrás. Al llegar a Lisboa comprende que el idioma es un impedimento muy grande. Un señor que habla en árabe le ofrece trabajo y la posibilidad de regularizar su situación en Europa. Al poco tiempo advierte que aquella persona se está aprovechando de él y toma la decisión de volver a Huelva. Cuando la temporada de recogida de arándanos se acaba, decide probar suerte en Barcelona. Sin embargo, al no tener dinero para pagar un alquiler, decide ir a trabajar a Almería. Vuelve a trastabillar con el alcohol y las drogas. Después de una noche de excesos acaba en el hospital y entiende que debe cambiar el rumbo. Trabaja en los invernaderos, en pésimas condiciones, y deambula por diversas ciudades hasta que ahorra el suficiente dinero para dirigirse a Barcelona.

La vida en la calle

Ya en la capital catalana, duerme tres meses en la calle a la espera de obtener un sitio en un albergue. Techo, comida y agua caliente es lo que necesita para poder empezar a proyectarse. Conoce personas que lo apoyan. Realiza un curso de monitor para trabajar con niños y así aprovechar su habilidad y energía. Entonces reanuda el sueño de ser un buen deportista y, a través del parkour, ayudar a otras personas. En cada obstáculo superado encuentra un estímulo para llegar más lejos. El parkour se practica en cualquier sitio, aunque hay gimnasios especializados a los que Naji recurre cuando quiere practicar algún movimiento difícil. Allí disponen de los elementos necesarios para realizar acrobacias de forma segura. En la calle encontrará los verdaderos retos.

Parkour: obstáculos y adaptación

Hay un paralelismo entre la vida de Naji y el parkour. El cuerpo, en ambos casos, es el primero que recibe el impacto y el que debe ser preservado. En un entorno lleno de dificultades, la capacidad de adaptarse no solo requiere de una buena preparación física sino también mental. El parkour es, asimismo, un deporte marginal e incomprendido. La metáfora de una vida llena de acrobacias se puede trasladar al parkour y viceversa.

Desde la ciudad de Barcelona en la que vive ahora, Naji mira su pasado con sosiego. No hay rencor hacia aquellas personas que le han hecho daño. Tiene la firme determinación de no volver atrás. El camino tiene una sola dirección: hacia delante. No se puede añorar una infancia llena de sacrificio y rechazo. En momentos de frustración canaliza su rabia a través del deporte. Entonces se impone un reto y cuando consigue superarlo sabe que puede estar tranquilo. Si ha superado ese muro sabe que podrá superar el siguiente.

Parkour

Durante su periplo por territorio español, Naji, como muchas otras personas en situación administrativa irregular, acumula vivencias que le marcarán para siempre. Son expulsados a los márgenes del sistema por la falta de oportunidades: solo pueden buscar trabajo en el mercado informal, solo pueden vivir de realquilar u ocupar, se exponen a prácticas abusivas y de explotación, y el hecho de no tener papeles imposibilita el acceso a las ayudas públicas. La pobreza se ensaña con las personas migradas.

Parkour

Hablar de procesos migratorios en plural es olvidar las particularidades de cada persona, su sufrimiento, sus razones y sus miedos. Al igual que tantos otros jóvenes marroquíes, Naji se juega la vida escapando de la calle en un país donde la infancia y la pobreza son una conjunción infernal. Sobrevive a los peligros del viaje y a la explotación de los que se intentan aprovechar de las personas más vulnerables. El parkour se transforma en un cable a tierra. Comprende que después de caer debe levantarse, sortear los escollos que se le presentan, alejarse de quienes le hacen daño y aferrarse a la esperanza de una vida mejor.

Parkour

En Granollers, a 34 kilómetros de Barcelona, Naji encuentra una formación que le puede servir para mejorar sus oportunidades laborales. Encuentra un hueco en una casa ocupada. Es una casa precaria y sin ventanas donde la única opción para ducharse es la manguera del patio. Una noche escucha gritos que provienen de la habitación de al lado. Un hombre golpea a su mujer. Naji discierne la posibilidad de llamar a la policía. La paliza y los llantos continúan. Se siente abrumado ante la disyuntiva de denunciar lo que está pasando y el riesgo de evidenciar su condición de migrante irregular. Tarda tres meses en abandonar aquella casa. No son las condiciones paupérrimas las que lo expulsan sino la violencia derivada de estas circunstancias.

Parkour

A finales de 2021, Naji se casa. La felicidad, tantas veces representada con la unión entre dos personas, se materializa en una ceremonia al estilo tradicional de Marruecos. Primero, el novio se presenta en casa de la novia con un ramo de flores y pide su mano a los padres. Conversan, se conocen mutuamente e incluso llaman por videollamada a la madre de Naji. Dos meses después se casan por el registro islámico en el barrio del Raval de Barcelona. En aquella ceremonia solamente participan los padres, la hermana y el cuñado de la novia, y un amigo de Naji.

Felicidad e incertidumbre

La boda se realiza tres meses después. La celebración está llena de simbolismos que representan el tránsito hacia una etapa nueva. Los cambios de vestimenta, la comida y los bailes forman parte de un ritual destinado a brindar felicidad y prosperidad. Durante la ceremonia, el novio siente el peso de la tradición y la ausencia de la familia. Otro salto al vacío. Otra travesía incierta. Esta vez es la mente y no el cuerpo quien busca piruetas y subterfugios para afrontar la realidad.

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La flamante pareja se instala en un pequeño piso del Raval. Un monoambiente que apenas supera los 30 metros cuadrados les sirve para proyectar sus sueños y anhelos. La zona del barrio es peligrosa. Algunas noches se topan en su portal con algún yonqui maniobrando con una jeringa. Naji encontró trabajo como ayudante de cocina y espera que la aventura dure más que la temporada de verano de 2023. El deseo de que las condiciones mejoren sigue vivo. La historia de Naji es una entre tantas. Este no es el relato del héroe que supera adversidades y retos para reencontrarse a sí mismo. No hay una infancia feliz a la cual regresar. Al igual que un creciente número de personas en España, Naji tendrá que enfrentar los fantasmas de la pobreza y la dificultad de acceder a un puesto de trabajo estable o a una vivienda digna. No hay saltos ni atajos.





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