Quiero a mi perro de vuelta: el auge de la clonación de mascotas, un negocio entre “el amor eterno” y la “explotación inaceptable”
La actriz y cantante Barbra Streisand se sentía, literalmente, “devastada”. Después de 14 años de compañía, cariño incondicional y “amor eterno”, su perra Samantha había fallecido y ella quería conservar “algo de ella”. Así que, según explicaba a The New York Times en 2018, envió su ADN a los laboratorios de Viagen, una empresa texana, líder en el mercado de la clonación de mascotas. Y obtuvo dos cachorras, Miss Violet y Miss Scarlett. Algo similar hizo el presidente argentino, Javier Milei, clonando a su perro Conan también con Viagen; nacieron cinco cachorros, aunque no se sabe cuántos de esos perros viven a día de hoy. El último famoso en sumarse a la tendencia ha sido el ex jugador de fútbol americano Tom Brady, que acaba de clonar a su perra Lua. “La ciencia de mantenerlos vivos”, proclama Viagen en su página web, para convencer a los humanos que adoran a sus mascotas de que paguen los cerca de 50.000 euros que cuesta clonarlas. Pero la realidad es que el proceso de clonación no puede duplicar personalidades. Es la paradoja de una industria que crece un 15% anual afirmando algo que no puede cumplir: “Mantener vivo” a un animal muerto.

